no hay nada más triste que los caballitos poni

no hay nada más triste que los caballitos poni,

en su eterno girar encadenados a una rueda.

no hay nada más triste que los caballitos poni,

observados atentos por ojos de niñas y niños,

sonriendo, creyendo ver cumplidos sus sueños

y fantasías, si el próximo turno les toca a ellos.

no hay nada más triste que los caballitos poni.

su papi o su mami comprando un cucurucho

de palomitas o gusanitos o algodón de azúcar.

no hay nada más triste que los caballitos poni.

y qué bien estaría la cara de sorpresa, si alguno

o alguna de ellas, a su papi o mami, dijera algo

así como: “no quiero papi, no quiero mami, subir

a los caballitos poni. ¿no ves qué ojos más tristes?

por favor, no me enseñes nunca que este sitio

(u otros parecidos) puede ser algo divertido,

este sitio mágico, envuelto en luces y ruido,

este sitio mágico, donde brillan, opacos,

con mirada triste, los ojos de los caballitos.”

y seguro, seguro, que al oír tamaña perorata,

(si parece que a esa edad ya fueran para políticos)

tomarían suavemente de la mano a su niña o niño,

y, corriendo, sin mirar atrás, se alejarían del sitio.

(para luego tener en casa una charla aún más larga

y sesuda sobre la necesidad de cesar en cualquier tipo

de maltrato y sufrimiento causado a los animalitos).

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