la planta del odio (microrrelato contra la violencia de género)

La planta crecía.

Era una hermosa planta. Cada vez más verde, con vetas naranjas en las preciosas hojas. Cada vez más carnosa. Cada vez más jugosa. Cuando la veía al trasluz, semejaba filigranas de claros minerales transparentando sus filamentos y nervios, púrpuras, azules y esmeraldas.

La encontró un día por casualidad. En la calle. La planta estaba un poco alicaída. El tiesto era bello, en cerámica roja, con espirales blancas. Decidió subirla a casa a ver si la revivía.

Y vaya si la revivió. Le daba agua. Le ponía fertilizante. Le había reservado el mejor rincón de la casa. La zona más iluminada. Le cantaba canciones y hasta le hablaba. Por fin tenía compañía. Ya no se sentía tan sola (terrible miedo). Había encontrado su ¿media naranja? Al menos su linda planta.

El caso es que la planta, con la confianza, se volvía más insolente. Le contestaba con malos modos, le dirigía malas palabras, le preguntaba por sus idas y venidas. Le reñía si había sido feliz sin su compañía, cuando regresaba a casa alegre, comentando cualquier detalle del día.

Poco a poco las tornas cambiaron, la planta era la que crecía y ella era la que se iba volviendo mustia, apagada, ceniza.

Resultó ser una planta venenosa. Carnívora. Planta del odio. De alguna selva perdida.

Aquella mañana la planta sonreía. A ella la encontraron muerta. Completamente devorada. Completamente destrozada. Con los rasgos borrados en su cara.

pablo blaya (octubre de 2014)

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