EL ÁNGEL ROJO (O APUNTANDO DIRECTAMENTE AL CENTRO DE LA BELLEZA)

Terrible ángel rojo, con qué cándida
fiereza hundes tus alas en mi pecho.

En el delicado matiz de la pintura
la superficie de la vidriera tiembla,
como si fuera la fuerza de la tormenta
quien, los cristales de colores, sacudiera.

Un pie en agua y otro en tierra,
Juan, el bautista, no es, pues no lleva
sobre sus hombros piel de pantera.

El del apocalipsis ser, debiera, pues
consulta el libro sujetándolo con firmeza
delicada entre sus frágiles muñecas.

Y llora por la pena, pues más, la belleza
escrita que la pintada, ser debiera.

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