el tabaco

no le gustaba nada el olor rancio del tabaco.

le gustaba tocar el papel eso sí, áspero y suave a la vez, pero no el olor que se le quedaba entre los dedos después de hacerlo.

a la vista sí le gustaba el ascender de las espirales del humo y cómo se enredaban en el aire, pero para eso prefería encender una barrita de incienso.

el sonido de las chupadas ansiosas de la gente, celebrándolo al encenderlo, le ponía nervioso, y para eso prefería el sonido de la aguja del vinilo arrancando gemidos del plástico negro.

y aquel gusto tan amargo y agrio entre los dientes, de aquellas hebras de tabaco mal liadas, le recordaba al vinagre.

decididamente, eran más los inconvenientes que las ventajas, y fue por eso, por motivos puramente estéticos, que decidió dejarlo.

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