el futuro asegurado (un cuento de navidad)

Era un precioso hotel de lujo, un poco decadente, eso sí, por el mobiliario antiguo, y los pesados cortinajes, que recordaban glorias pasadas, cuando en el enorme salón se celebraban fastuosos bailes y fiestas galantes con ocasión de todo tipo de eventos y celebraciones. Pero en la familia, había sido una cuestión de honor, el mantener el boato, pese a que, tras tan fastuosa apariencia, apenas quedaba ya nada de los pasados esplendores. La familia, poco a poco, había tenido que vender hoteles y casas en la ciudad, pero éste Imperial, era la única posesión de la que no se querían desprender, pese a tantos concursos de acreedores y subastas, por las que habían ido pasando, según se iban sucediendo las crisis económicas y las distintas quiebras. El “Imperial” era la joya de la corona, la que venía a  resumir lo que había sido, y más importante, lo que había significado aquella familia, en la vida de la ciudad, y en la vida del país, en general.

Aquella era una preciosa mañana de navidad, toda la ciudad estaba engalanada, con las luces y adornos propios de estas fechas, y en el aire se respiraba el ambiente de fiesta y jolgorio de esos días. El Imperial, parecía que quería despertar de su sueño de siglos, sacudiéndose el polvo y las telarañas. Allí dentro todo era actividad, pues estaban preparando la cena y el baile, que habría después, para celebrar la Navidad, y al que volvía a estar invitada lo más granado de la sociedad local, y las más altas instituciones y personalidades de la ciudad se darían cita allí aquella noche, como en los viejos tiempos. También el hotel celebraba el traspaso de manos a una nueva heredera, la cual se había propuesto modernizar el hotel, de acuerdo a los nuevos tiempos, y devolverle un poco de sus glorias pasadas, cuando todo lo que sucedía de alguna importancia, se cocía allí, en aquellos salones y habitaciones.

El abuelo, el patriarca de la familia, se retiraba del negocio familiar, decidía que ya era hora de descansar y que no iba a estar toda su vida trabajando, su mujer le recordaba todo el tiempo que ya era hora de pasar el testigo, que ellos se podían retirar, con su descendencia ya crecida y establecida, a una casita que todavía conservaban, de su buena época, cerca del mar, y donde les gustaba ir a pasar el verano todos los años. Así que sí, éste era, decididamente, uno de los días más felices de su vida. Se encontraba en una habitación, de su viejo hotel, la que había sido la suite nupcial, donde ella y su mujer habían pasado la noche de bodas. Se estaba despidiendo, recordaba acontecimientos, rostros, conversaciones, y en ráfagas íntimas, algún beso, alguna caricia, algún roce de piel entre las sábanas de aquella cama. Pero estaba decidido, le traspasaría el negocio a su nieta Alicia, y para eso estaba allí. Dejó la caja, envuelta en papel de regalo, encima de la cama, cerró la puerta tras de sí y salió, para despedirse para siempre de su querido hotel.

Cuando Alicia, de la mano de su mujer, entró en la habitación, vio la sorpresa encima de la cama. Era allí donde iba a pasar también su noche de bodas. Deshizo el precioso lazo, la abrió, y vio dentro la llave de honor del hotel, la que le entregaba la propiedad del mismo. De nuevo la historia se repetía. Sonrió y pensó que tendría que darle las gracias al abuelo, aquella misma noche, en el baile de Navidad, o bien si ya se habían ido, cuando fueran a verles en la casa del mar. Mientras tanto, sonrió, y besó largamente a su mujer, mientras le empezaba a quitar el vestido: – Cariño, ya tenemos el futuro asegurado- le dijo, mientras continuaba besándola apasionadamente.

PAOLO LIMA

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